Pensamiento Clave: «La adicción no es una enfermedad, sino una forma de afrontar el dolor emocional» (Peele, 1985).
No ha sido fácil reconocer la adicción como una enfermedad. En diferentes países se ha trabajado arduamente para lograrlo. Definirla como tal permite incluir su tratamiento en los planes gubernamentales de atención médica. Sin embargo, aún existen grandes barreras para acceder a este tratamiento dentro del sistema de salud.
A muchas familias les quedan solamente dos opciones:
La primera es afrontar esta problemática asumiendo los costos, lo cual implica grandes desafíos. La segunda es ver cómo su ser querido se consume en la adicción, destruyendo su vida.
Para otras personas, la adicción no es una enfermedad, sino un vicio que puede abandonarse simplemente con fuerza de voluntad. Consideran que quienes sufren una adicción solo buscan justificar sus actos apelando a una «enfermedad» que, según ellos, no existe
Me gustaría proponerte una idea que busca mediar entre estos dos enfoques:
“La adicción es más que una enfermedad.”
No es una problemática que afecta únicamente a quien la padece; también involucra a su familia, comunidad y país. Podríamos decir que es una enfermedad del entorno, de la familia y de la sociedad.
Es más que una enfermedad porque no solamente el adicto1 debe trabajar en su recuperación: la familia y la sociedad deben formar parte del proceso.
Es fácil juzgar a quienes se enfrentan a una adicción, pero lo cierto es que, como lo expresa Peele (1985), para muchas personas ha sido la única forma que encontraron para afrontar el dolor emocional.
No se trata de justificar el comportamiento adictivo, sino de comprender las profundas interacciones entre la predisposición genética, los problemas de salud, las carencias afectivas, las relaciones familiares y las características del contexto en el que vivimos.
Diversos autores han señalado que la adicción tiene causas biológicas, psicológicas y sociales. Por supuesto, como creyentes, también identificamos un componente espiritual como parte de estas causas:
«El ladrón solo viene para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10, NBLA).
Vivimos en medio de una guerra espiritual. Por un lado, el enemigo quiere destruirnos y utiliza diversos medios —incluidas las adicciones— para lograrlo. Por otro lado, encontramos al Señor, quien desea rescatarnos de las garras del enemigo con el propósito de restaurar nuestra vida y darnos verdadera libertad.
En vez de etiquetar a las personas como «adictos», «viciosos» o «enfermos», debemos reconocer que la adicción produce mucho daño, y que se trata de una problemática compleja, con múltiples causas. Para tener éxito en su abordaje, necesitamos unirnos como individuos, familias y sociedad.
Además, quiero contarte algo importante: no todas las personas que enfrentan una adicción cuentan con amigos cercanos o una familia que los acompañe en el propósito de salir de ese valle de sombra y de muerte.
Por eso, me gustaría animarte a orar por quienes luchan contra una adicción, y a unirte —de la forma que puedas— a la misión de apoyar a quienes están dando esta dura batalla.
Y si tú estás enfrentando una situación que se está saliendo de control y que podría convertirse en una adicción, recuerda que no estás solo. Estamos aquí para apoyarte.
Nota: Continuaremos reflexionando sobre esta idea de Peele (1985). Hay mucho más que decir.
Jhon Gómez, 27 de julio de 2025
El término adicto está entrando en desuso por la carga discriminatoria que conlleva.
